L'esport i la competició
- Ferran Pérez

- 13 abr 2021
- 8 Min. de lectura
Actualizado: 11 abr 2024

La organización de la competición.
En una de sus conferencias, el doctor Galilea dijo que: "es frecuente escuchar o leer opiniones contrarias al hecho competitivo en la manifestación deportiva. Con singular torpeza se intenta disociar el deporte de una de sus más significativas características: la competición" y, también, que: "se habla de deporte no competitivo cuando en realidad no existe deporte si no lleva implícita la competición".
La posición de la persona ante el deporte no es ni unidimensional ni unidireccional. La dispersión que el deporte ofrece en la sociedad y la lógica permisividad a la pluralidad de manifestaciones han sido y son factores decisivos en la configuración de diversos sectores como el profesional, el aficionado, el recreativo, el escolar o el universitario. El deporte se extiende a una pluralidad de sectores diferenciados no tanto por la norma reguladora de la actividad deportiva como por la singularidad en el entorno en que se desarrolla la organización y la practica deportiva.
Un análisis de los diferentes sectores de organización y pràctica del deporte o ahondar en sus diferencias y en sus similitudes también puede ayudar en la búsqueda de un concepto global de deporte. Ahora bien, ello, con seguridad, no va a evitar la validez del elemento competitivo como una de sus significativas características y que le va a permitir diferenciarse de otras actividades como el juego no competitivo o la propia educación física. Al efecto, decía Gillet que: "la educación física evita la competición o la modera y quiere que la acción sea metódica y razonada", lo que no debe colisionar con la posición del sociólogo Brohm para quien el deporte es: "la institución de la competencia física que refleja estrictamente la competencia económica e industrial", atribuyendo el carácter esencial del deporte en: "la organización del cuerpo como máquina humana de rendimiento deportivo" y le conduce a no creer en la confraternización de los pueblos que se dice que la competición deportiva, especialmente la internacional, impulsa. Además, siguiendo a Duverger, entiende que:"pedir a los hombres de un mundo tan dividido como el nuestro, y que no tienen ningún sistema de valores comunes, que se enfrenten en un estadio olvidando sus antagonismos políticos y sociales, es minimizar estos últimos"; y, así, se suma a la crítica de la competición deportiva y, especialmente, a la institucionalizada sobre la base de clubs y federaciones deportivas.
El deporte hoy, todo y los lamentables espectáculos que aún destella en la alta competición, ha superado la tesis duvergeriana que desprecia su utilidad para el pacifismo y la relación amistosa entre individuos (deportistas y no deportistas), ciudades y países. Significativa es al efecto la actividad del denominado "Movimiento Olímpico" sobre la base de la paz mundial (paz bélica conseguida en la Grecia antigua, acercamiento de las dos Coreas con ocasión de la Olimpiada de Seúl 1.988, participación de Irak i Kuwait en la Olimpiada de Verano de Barcelona-92, etc.). Además, a su lado, cabe resaltar, la ingente cantidad de confrontaciones deportivas menos oficiales que anualmente se celebran en múltiples ciudades, pueblos o barriadas, acercando jóvenes y familiares de diferentes nacionalidades facilitando el intercambio social y deportivo.
El deporte es actividad que mediante sus valores reconocidos favorece la comunicación, la armonía, y la relación cordial entre personas, grupos y pueblos y, de esta forma, contribuye a la amistad y a la paz. Cuando estas cualidades peligran, la organización pública y privada del deporte deben reaccionar para restablecer la situación. La competición deportiva supone una pluralitat de participación y con o sin puntos, premios o recompensas, es el eje de la actividad que pude (debe) permitir aquella acción en el contexto de las relaciones deportivas internacionales. El deporte no es el único ámbito de generación de relaciones pacíficas internacionales pero su proyección (aceptación) social hace que su uso en este terreno sea notorio y, aunque sea en forma meramente recreativa, la actividad debe desarrollarse entorno a una competición organizada con pluralidad de sujetos intervinientes que aceptan compartir normas comunes de juego y sanción.
Otras críticas al elemento competitivo se basan en la creencia de que las sociedades deportivas son: “fábricas de máquinas humanas de rendimiento deportivo” lo que hoy no se puede ni generalizar ni compartir. Ni siquiera los equipos profesionales debieran impulsar esta teoría porque el lazo con sus espectadores naturales les lleva a formar y promocionar en su ámbito interno profesionales que garanticen un buen rendimiento, el aprecio social y el impulso del espectáculo, además de las ventajas económicas que se pudieren derivar. En este terreno de lo económico, cierto és que las canteras de los equipos profesionales económicamente menos posicionados, de los semiprofesionales y las de los meramente aficionados si que van a trabajar en la búsqueda del deportista talentoso como meras escuelas con finalidades formativas cuyo éxito va a depender del posterior traspaso a cambio de una contraprestación económica paliativa de otros gastos; para éstos retener valores en alza les es, prácticamente, imposible.
Podría pensarse que esta constante búsqueda del mejor es un aval de la fabricación de máquinas a que se ha hecho referencia, pero esta interpretación sería errónea dada la escasez, en términos globales, de talentos y la poca incidencia generalizable de la formación propia, así como la imposibilidad de reconducir el concepto de fábrica a toda asociación deportiva. Conocido es que existen muchas asociaciones deportivas que a duras penas consiguen mantener a final de temporada el número de jugadores o deportistas que la iniciaron; entidades cuya carencia de lucro es tan notoria que normalmente se ven obligadas a sufragar los gastos mediante ayudas, subvenciones o las aportaciones de benévolos. Y su función, dentro de la sociedad, es, asimismo, muy digna de promover y fomentar. Estas dificultades de unas asociaciones son aprovechadas por otras mejor dotadas (jerarquía de asociaciones) lo que conlleva notorios efectos sobre el mapa asociativo (consolidación de unos clubes, extinción de otros) y el estatus competitivo, es decir, sobre la propia competición (ascenos y descensos, traspasos de deportistas, etc.).T
Añadir que, tampoco en la práctica deportiva de minusválidos o de personas de las personas mayores son visibles móviles industriales basados en la elaboración de máquinas humanas por significativa que sea la competición en la que participen (Juegos Paralímpicos, etc). Por otro lado, veremos a ver si la profesionalización del deporte femenino pude acarrear iguales críticas o reconduce la mercantilización del deporte.
La relación entre empresa y deporte es polifacética porque no se agota en una única dirección, pero de entre sus manifestaciones la que ha tenido menos fuerza es la de que se persigue explotar factores económicos con la intención de obtener como producto deportistas al servicio de un particular beneficio. De momento, salvo algunos casos aislados, las empresas y los empresarios se sirven de la actividad deportiva con fines publicitarios, para resaltar su bondad comercial y la de sus productos aunque sea, simplemente, con un ánimo de mecenazgo aprovechando la popularidad del deporte. El deportista no es ni ha de ser el resultado de una transformación económica de bienes, no es un producto, es un profesional, con derechos y deberes, que merced a su formación, capacitación y hazañas deportivas puede aportar al mercado y a la sociedad su imagen y servicios con fines lícitos.
Por todo lo expuesto anteriormente, se comparte con el doctor Galilea que: "es verdad que existen numerosos factores, ajenos muchas veces a la propia manifestación deportiva, que pueden prestar a la competición ese carácter perverso con que es juzgada por muchos, pero no es menos cierto que a través de ella se refleja no sólo la grandeza y espectacularidad del deporte sino también sus más preclaros valores éticos". El deporte debe de estar investido de un sentido competitivo, es decir, debe desenvolverse en el entorno de una competición pacífica, limitada y dirigida por unas reglas, que dice: "son aceptadas voluntariamente por sus protagonistas" y, debo añadir, por el ordenamiento jurídico.
Para resaltar la competición en el deporte, señalar dos aspectos: a) que debiera inspirarse en el fair play - que dispone de manifiesto- en tanto que va a ser un principio internacional aceptado de la competición deportiva, y b) que sin competición, individual o colectiva, oficial o lúdica, cerrada o abierta, el deporte no avanza en su propia delimitación ni en su distinción frente a otros actividades físicas humanas.
El elemento agonístico, dice Real: “es consustancial al deporte”, pero al tratarse de un concepto moldeable por la voluntad de sus agentes requiere de una efectiva ordenación y supervisión, interna (privada) y externa (pública) que impida o elimine rasgos perturbadores de su eficaz, eficiente, igual y equitativo desarrollo. Y no será ajeno a este extremo el que la competición físico deportiva, en beneficio de la salud, merezca la protección preferente de los poderes públicos y que, en cambio, aquella que se propone un desenfrenado beneficio económico y social, obteniendo prestigio empresarial, deba ser autosuficiente y que, por tanto, cualquier tipo de atención pública mediante ayudas o subvenciones deba ser necesariamente justificada en actuaciones basadas en el interés general.
La orientación competitiva de toda actividad deportiva es compatible con un diferente nivel de desarrollo según sectores y modalidades y, por ello, la atención pública y privada a promover ha de ser adecuada a cada uno de ellos. En este contexto, la acción pública debe evitar o controlar toda aquella competición que genera o pueda generar una enorme deuda social. El profesor Martín Mateo consideraba que: "el espectáculo deportivo cuenta con los profesionales mejor pagados" pero sin olvidar que a su lado han aparecido unas no menos significativas deudas fiscales y de seguridad social que no deberían ser asumidas por el erario público. Des de una visión pública del deporte, la competición deportiva, debidamente vertebrada y controlada, debe de contribuir responsablemente al denominado "Estado del Bienestar", y es ésto lo que puede justificar la intervención de la Administración Pública en el deporte porque la evaluación del fomento público en este ámbito se mide con criterios de salud y bienestar públicos y no exclusivamente con títulos deportivos.
La ordenación de la competición, preferentmente por los poderes privados, es dinámica porque admite la renovación periódica de sus reglas de desarrollo a fin de obtener la oportuna adecuación de la estructura y la organización competitiva mediante la solución de los problemas que van surgiendo y, con ello, en beneficio de deportistas, de la propia competición y, en definitiva, del espectáculo deportivo. Cada modalidad deportiva se dota de sus reglas de competición definiendo sus rasgos específicos configradores de la actividad deportiva, lo que permite conocer de forma clara que estamos en presencia de un determinado deporte.
Ahora bien, competir no es un sinónimo de noquear sin más al rival, ni tampoco es una falsa excusa para encuentros de masas violentas. Ordenar la competición ha de ser el resultado de disciplinar con voluntad de permanencia, generalización y vertebración una actividad física humana superando el simple juego dónde aquéllas reglas pueden carecer del rigor que el deporte les confiere.
Por otro lado, la competición ha de ser pacífica, porque el deporte es fruto de la singular organización del juego deportivo sobre la base de una competición reglada y disciplinada, normalmente, de fácil conocimiento, aceptación e interpretación que une en el respeto de les derechos de las personas y en el entretenimiento que genera.
La ausencia de competición anula el deporte considerado como se ha expuesto. La actividad ejercitada por voluntariosos seguidores, con ausencia de disciplina y reglamentación, se trasforma en un mero juego o en mera actividad física. Por ello, es una característica del deporte asociada y, a la vez, alejada del juego, es decir, independiente pese a su troncalidad, y, también, diferente de otras actividades que siendo físicas y humanas no acaban por encajar en su contexto. Si deseamos crear una disciplina o modalidad deportiva deberemos acreditar las reglas de competición que conlleva.
Llegados a este punto, es posible que la indefinición del deporte puede que no sea casual, que no derive de la pasividad pública o privada; puede ser que resida en la heterogeneidad de las disciplinas y modalidades deportivas que son reconocidas como deportivas y que presentan diferencias en aspectos básicos de organización, de reglamentación y de calificación de la competición, y desdeñar los elementos esenciales para la catalogación de un deporte como la existencia de competición reglada. La heterogeneidad por si misma, derivada de un amplio elenco de modalidades no es un hecho negativo para el deporte antes al contrario es fundamento del desarrollo, renovación y ampliación de la oferta de práctica deportiva; en cambio, la heterogeneidad derivada de una ausencia de previsión, de intereses creados u de otros factores extradeportivos pueden complican el modelo deportivo al generalizarlo sin orden ni concierto y, con ello, consecuentemente, se obstaculiza el logro de la noción universal.
FP/1989-2021




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